Vanesa tenía razón. Cuando tiras un vaso de cristal al suelo y lo vuelves a pegar, el vaso ya no es el mismo. Siempre quedan grietas entre pieza y pieza, que por muy pequeños que sean dejarían escapar gotitas de agua, gotitas de amor, gotitas de cariño.
Inconscientemente eres incapaz de seguir viendo la pequeña figura en tu escritorio, sin embargo de pronto se te puede cambiar el chip y te mueres de ganas por tenerlo en los abrazos. Te frustras porque nunca consigues llenarlo del todo, pero viendo cómo intenta absorber cada gota para que no se escape nada, el corazón se te hace flan.
El vaso no será el mismo, habrán migas de cristal que jamás volverán a formar parte de ese cuerpo transparente; y quién sabe si alguna de esas migas era uno de los detalles más dulces.
Podemos recordar la imagen del vasito y cada una de sus piezas...
Pero ya no es el mismo
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